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A modo de prefacio o despedida

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  Siempre les digo a mis alumnos que uno no es una máquina de escribir. Que, a veces, las cosas no salen. Y que está bien. Que no lo fuercen. Que llegará cuando llegue.   Claro: decirlo es muy fácil. Pero no me puede pasar a mí. No porque yo tenga nada especial, sino porque sé, PERFECTAMENTE, qué es lo que tengo que escribir. El problema es que no quiero. Mi tercer libro de piratas está completamente armado en mi cabeza. De principio a fin. Con detalles incluidos. Con todas las decisiones tomadas. Y muchas de esas decisiones han sido muy difíciles de tomar. Entonces, ¿por qué carajo no puedo escribirlo? La respuesta es fácil: porque no quiero. No quiero dejar ir a estos amigos que hace casi dieciséis años son mi familia. No quiero terminar este proyecto. No quiero quedarme sola. Porque terminar, de alguna manera, será eso: quedarme sola. Emily, Carter, Huesos, Polie y algunos más nacieron en un momento muy difícil de mi vida. En un tiempo en el que la tristeza me tenía ahog

Adelanto de Niebla de espejos

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Con mis queridos Halcones pasa algo raro: el libro a nadie le llama demasiado la atención pero, cuando se animan y lo leen, todos los que me hablan del él me dicen que no pueden parar de leerlo y, cuando lo terminan, quieren YA la segunda parte. Eso es lo más lindo que alguien le puede decir a un autor. Que el libro lo atrapó, que no lo pueden soltar, que quieren que siga. Significa que el mundo que uno creó para los lectores funciona, hechiza, convence. Cuando te cuentan que les preocupa la suerte de los personajes, todo es perfecto. Cuando me dicen que quieren saber qué pasó con Morris, o me preguntan qué onda con James, o insisten en que aman a Carter y a Huesos me sorprendo al entender que los personajes secundarios también tienen peso, que los lectores los quieren o los odian. Así que, como ya falta repoquito para que Niebla de espejos esté con nosotros, les dejo acá un adelanto donde a grandes rasgos se van a enterar en qué andan Ian y Emily. ¿Quieren? Les cuento una i

Abordajes literarios, cuentos del mar: Dura la música

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No sé del mar más que lo que observo desde la orilla a la que vuelvo cada vez que puedo, y a un par de ocasiones en las que como turista pude navegar. Pero cuando la oportunidad se presenta, cuando logro acercarme un milímetro a esa vida marinera que en mi fantasía desearía emprender, siento algo que sólo puede ser perfecta dicha.  La Odisea y sus sirenas, Moby Dick, El corazón de las tinieblas, Juventud y todo Conrad, Salgari, Stevenson y su isla del tesoro, Patrick O`Brian, y el capitán de mar y guerra, La sirena de la niebla de Ray Bradbury,  Hemingway con su viejo y el mar o el océano mar de Alessandro Baricco fueron alimentando un caudal de historias que me fascinan desde que tengo memoria y que me acercan, bastante, a esa vida que hubiera querido tener y que no tuve.  El mar y los libros para mi son escape. Cuando hay tiempo y plata, voy al mar. Y no importa que llueva o truene: voy igual. Nadar en un mar gris como el plomo mientras el cielo se caía o empecinarme en permanecer en

Antes

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Garabatos de cuarentena.  Antes   Era el dolor que se pudre al fondo. Un bicho aplastado por esa cruz. Una muerte que no pude. Que no supe. Que no quiero. Tanto que no dije.   Lo que no grité.   La guardiana del este   y de un parásito escondido. Una hija sin madre. O un   camino sin pueblo. Esta máquina. La gota que no se convierte en mar.

Anoche soñé que volvía a Manderley, pero Netflix me engañó

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  Cada vez me convenzo más:   soy una imbécil.   Día tras día, dejo que Netflix me arruine las cosas que me gustan mientras no hago otra cosa que perder el tiempo.     Encima, ahora, en su pantalla de inicio agregó un nuevo monumento a la desidia. ¿Lo vieron? Es el botón que dice “Reproducir algo”. Sí. Ya no necesitamos pensar, ni decidir, ni elegir con qué nueva bazofia netflixiana pasaremos la noche de insomnio.   No. Basta con   apretar el botoncito del infierno y Don Netflix decidirá con qué deleitarnos. Ya les dije que soy una imbécil. Pero, además, se ve que soy un poco vaga. Porque mientras mi lado sensato gritaba ¡No toques el puto botón, Jorgelina! Mi lado imbécil me llevó a apretar lo que no debía. Y empezó Rebeca. —¡Joya! —dije, porque recordaba muy bien el libro de Daphne Du Maurier—. Me gané la lotería del streaming y no voy a ver un bodriazo edulcorado.   Esto último no lo dije, lo pensé. Pero si digo que lo dije quedo más ocurrente. — Anoche soñé que volvía

¡Cuidado! El sueño del amor engendra monstruos

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  “Quizás uno, en lo más íntimo, siempre cree en algo”   dice Alejandro Baravalle en   El sueño del amor engendra monstruos ( Bärenhaus, 2020), un libro de cuentos que —en cada página—   intenta descubrir qué hay del otro lado de las cosas.   Somos mortales: esa es la gran tragedia. La fatal. Por eso, desde el principio de los tiempos, la humanidad se ha preguntado qué hay después. Qué nos espera más allá. Y el   fantástico, una y otra vez, ha   ensayado una respuesta. La obra de Cortázar se apoya en la idea de que la realidad mundana tiene una contracara. Un reverso. Un pasaje. Y es en ese pasaje, precisamente, donde Baravalle se mete. Es ahí que escarba y descubre a sus monstruos. Es en ese lugar oscuro donde los atrapa y los obliga “…a pasar a este otro mundo a recuperar lo que fue…”. Con una prosa cuidada y un conocimiento notable de la mejor tradición narrativa, el autor despliega una colección de espantos. Y mientras explora la infancia y sus terrores, la locura, la de

Las horas derramadas: un latido que recorre las décadas

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    “No vivas de espaldas al misterio que late debajo de las cosas…” dice Pablo Di Marco (Buenos Aires, 1972)   en Las horas derramadas (Editorial Dualidad, 2020). Una novela atravesada por el género fantástico, en la que la literatura irrumpe como clamor, como plegaria, como grito. Como botella al mar que atraviesa el tiempo. El mundo es trágico. Nuestra existencia tiene un límite y, por eso, vivir materialmente no tiene sentido. Gabriel Desalvo lo sabe. Lo sabe al enfrentarse al espejo que es su padre, lo sabe al ver las grietas que resquebrajan la realidad en la que vive, lo sabe al no poder salir del agujero en el que La Empresa lo ha enterrado, lo sabe al perderse en el tiempo.  Gabriel, luego de su caí da, pasa sus días entre rendijas y subsuelos.   Mientras los años se escurren, realiza febrilmente una tarea que parece no tener sentido. Pero un día, en una tierra de lobos y acorralado por un mundo que se cae a pedazos, un poema que late en la oscuridad lo despierta.